14 de junio de 2010

Una rusa ciega en la montaña vida

No me anime a preguntar, pero estaba seguro que nadie lo sabia. Como llegue hasta ahí, o mejor dicho, como llegamos todos a ese lugar era algo que no tenia sentido. Mirábamos el espectáculo con una mezcla de asombro, miedo, ansiedad, alegría; sensaciones comunes para todos los que esperábamos un turno desde la enorme tranquilidad que da estar del lado seguro de la línea.
Desde tan cerca se veía más grande que de costumbre y de alguna manera era lógico; nunca había estado tan cerca.
Reconozco que al estar solo, y a un paso de subir a la montaña rusa me temblaban las piernas. ¿Tendría razón Mamá?. La verdad, parecía peligrosa, pero la adrenalina fluyendo incesantemente por todo mi cuerpo provocaba una desconexión total con mi razón.

Pensé un rato en eso hasta que note como todos los demás, con una indiferencia absolutamente fingida, se ubicaban evitando sentarse en el carrito de adelante.
¿Que tiene de malo estar primero?. Mientras la pregunta daba vueltas en mi cabeza como buscando acomodarse sobre la respuesta correcta, llegue a una conclusión: algunos creen que es mas seguro estar en el medio, tercero o últimos.
De todos modos se que una vez arriba lo bueno y lo malo se reparte en dosis iguales para todos, la única diferencia en este caso estaría dada por la decisión de subir o no, y con el cinturón puesto y la barra de seguridad en su lugar no creo que sirva de nada darse animo con la absurda certeza de que un lugar es mejor o mas seguro que otro.

Al percibir el tenue impulso mecánico que me transportaba, levante las manos y grite de alegría lo que me pareció un largo rato. Mis pulmones se llenaron muy rápidamente con las grandes bocanadas de aire puro que inhalaba, y fue ahí, en ese instante, donde sentí a mi corazón latir...¡era realmente feliz!. Mis ojos abiertos filmaban absolutamente todo lo que pasaba a mí alrededor, con la intención de almacenar imágenes que se transformen en recuerdos cada vez que yo recurra a ellas. Y eso estaba mas que permitido, el final del viaje nunca puede verse con mucha claridad.
Entonces disfrute a mas no poder: grite, reí, llore... tuve miedo en algún momento pero al llegar a la parte más alta de esa intrincada autopista de rieles, todo quedo atrás. Desde arriba se veía el mundo como nunca lo había imaginado. Otros colores, otras formas, todo encajaba como en un rompecabezas gigantesco. Nunca pensé que las cosas que veía todos los días me parecerían tan increíbles. Sorprendido por tan inusual panorama, y en busca de un guiño de complicidad de parte de mis aleatorios compañeros de viaje, intente compartir con ellos mi nueva teoría: hasta ese momento solo había mirado todas las cosas por encima, sin prestarles demasiada atención, sin fijarme en esos mínimos detalles que las hacen únicas; desde entonces sabia perfectamente lo que significaba VER.

En ese momento gire mi rostro hacia atrás, y la imagen que se reflejo en mis pupilas me impacto terriblemente: casi todos viajaban con los ojos cerrados. Me dejo perplejo, (debo admitirlo) ya que no concebía la idea de un viaje ciego, mezquino de sensaciones, opacado por la oscura seguridad de unos párpados caídos. Y además gritaban. Pero no igual que yo, claro. Eran gritos de miedo. Ese miedo absurdo a lo que no se conoce, el miedo que impone fronteras que “no deben” traspasarse, pero una vez del otro lado (a veces por merito, otras por azar...) caemos en la cuenta de que si “se puede”. Y ahí entendí, supe porque la mayoría no disfrutaba del viaje, aunque por un lado era totalmente lógico: con los ojos cerrados no se ve nada.
¿Cómo iban a saber lo bien que se ven las personas y todas las cosas desde arriba? Sentir como se forman las lágrimas en los ojos abiertos cuando uno baja rapidísimo por esos carriles tan angostos. O ver como enfrente de uno el piso se sale del mundo para acercarse, por momentos tan próximo que casi podemos sentir su abrazo...pobres, no saben todo lo que se pierden.

Mientras el recorrido llegaba a su fin y las pulsaciones por minuto disminuían, nos acercamos a la plataforma muy lentamente, casi a paso de hombre. Una sensación de paz indescriptible me invadió manifestándose para el mundo exterior como una sonrisa de oreja a oreja.
El viaje había terminado pero no me hice ningún problema, ya nada importaba, lo había disfrutado y era muy afortunado por eso.
Mientras me alejaba oí a dos chicos que se habían decidido a subir por mi, quizás por mi sonrisa marketinera, tal vez por mi osadía sensorial, probablemente al ver que no me había pasado nada.
Mis pasos siguieron transportándome hasta dejar atrás la escena, pero un deseo surgido de lo mas profundo resistió a la idea de saberse solo un pensamiento, y en un gesto de enorme hidalguía, fue en contra de su esencia, muto hasta convertirse en frase y me abandono para flotar en el aire, libremente...: “Ojalá que viajen con los ojos abiertos.”

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